Gran Premio Nacional de Tractomulas: El lado oscuro

La organización de eventos masivos en Colombia es cada vez más común. A nivel musical, este 2022 parece que tiene una sobrecarga de grandes artistas para todos los gustos, pero no hay bolsillo que aguante. O bueno, eso en teoría, porque todos los escenarios siempre están llenos.

En deportes, la incompetencia de los dirigentes de la Federación Colombiana de Fútbol dejaron escapar la Copa América masculina; hoy por hoy se disputa la femenina en Cali y el Eje Cafetero. ¿Qué decir del deporte motor?

Básicamente, si bien tienen su público fiel, que asiste religiosamente a las válidas de TC 2000, CNA, Rallycross o válidas de motociclismo, es una audiencia de nicho y que se repite fecha tras fecha. ¿Qué quiere decir eso? Siempre van los mismos y no llegan -por muchos factores- nuevas audiencias a llenar las casi siempre vacías tribunas de Tocancipá.

Claro, hay una excepción en el año y es el Gran Premio Nacional de Tractomulas. Aquí, no solo se reúne ese público de nicho a ver a los trasportadores superar pruebas en el autódromo, sino que asisten las familias, los curiosos, los ‘faranduleros’, y básicamente todo el mundo.

Cuando digo todo el mundo, es casi que literal. En la edición 34 del GP Mobil Delvac vimos un lleno total (¿sobrevendido) e incluso se acabaron las boletas. Muy bien, ¿no?

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Los números fríos de asistencia -y seguramente los de ingresos para la organización- dicen que fue un rotundo éxito. Claro, a nivel deportivo es el mejor evento del deporte motor en el país; a nivel logístico, como suele ocurrir, Autódromos se rajó.

La costumbre de ver tribunas vacías deja en claro que los administradores del escenario siempre tienen espacio de sobra. El potrero lodoso que llaman parqueadero -y por el cual cobran como si fuera hecho de oro- es más que suficiente para los pocos que llegan habitualmente hasta allá. Sin embargo, en un evento como tractomulas dejan ver lo insuficiente que es el espacio, la mala administración de este, y por supuesto el abuso a la hora de cobrar.

El Autódromo de Tocancipá es manejado como un restaurante de corrientazos: cada vez que abre vienen 10 clientes, entonces máximo hace 11 almuerzos. Un día, los astros se alinean y llegan 50 clientes, ellos, en vez de preparar más comida, lo que hacen es repartir los diez que ya tenían y cobrar precio completo por cada uno. ¿Quedaron satisfechos? ¡Que importa! Lo importante es que estuvimos a reventar y vendimos mucho.

Esa política del ‘qué me importa’ es lo que se sintió de parte de la organización del evento. En mi caso, que no es único y hay quejas de todo tipo en redes sociales, tuve que esperar casi 3 horas para ingresar al parqueadero. ¿Lo logré? Por supuesto que no.

Dicen algunos que había policías recibiendo uno que otro ‘cariñito’ por los cupos y la prioridad de algunos asistentes. ¿Sorprende? Además, los que manejaban el tránsito, pues bueno, digamos que llegaron cerca de dos horas tarde a intentar poner algo de orden, cosa que no sirvió.

En fin, luego de la absurda espera y desesperación -el tiempo de acreditaciones de prensa se acortaba-, me resigné. Mis acompañantes, que iban como público, se bajaron después de la primera hora y fueron a pie a intentar disfrutar del espectáculo.

¿Qué encontraron? Bueno, carpas de camping en medio de la tribuna con gente adentro embriagándose como si fuera un bar y que ni siquiera miraban la pista, pero al percatarse que ellos se colocaron en frente debieron salir de su cueva a insultar y bravear. Excelente servicio.

Encontrar parqueadero era imposible, por lo que me resigné. Ya que iba por cuestiones laborales, uno de mis acompañantes decidió salirse, quedarse entre el carro mientras que yo intentaba acreditarme y levantar algo de material.

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¿Dejarlo en la calle? Primero, esto es Colombia y nada ni nadie está seguro de los ‘amigos de lo ajeno. Segundo, los ‘cuidanderos’ que se la tratan de ganar fácil cobraban la módica suma de 25.000 pesos por dejarlo ahí, como un acto de fe, y esperar que a la salida estuviera -entero- el vehículo. Como que mejor no.

Una vez dentro del autódromo, con acreditación de prensa en mano, fue el choque de realidad más absurdo: aquí es el yugo de los chalecos de ‘logística’. Sí, es la dictadura de los que quieren ser autoridad, de los que son policías, militares o simplemente autócratas frustrados. No hay libertad para nadie; ellos son la última palabra.

Voy a hacer un paréntesis para aplaudir el trabajo de prensa y comunicaciones: ¡chapeú! Ellos hicieron un enorme trabajo y solucionaron hasta donde pudieron la incompetencia y desorganización de otros. Sigo.

No hay acreditación que valga, si no estás en gracia del magnánimo chaleco logístico, no hay nada que hacer. Te amenazan con sacarte, si les respondes, vuelven a amenazar con la policía. Bueno, en fin, eso no solo pasa en la desastrosa organización del autódromo, ocurre en todos lados, en casi todos los escenarios.

La verdad, el Gran Premio de Tractomulas me dejó un sinsabor impresionante. Hace años había ido como público normal, y el trato y condiciones fueron mejores (ojo, tampoco ideales) que las que recibí como prensa. Este es un evento muy grande, masivo y la joya de la corona a nivel deportivo, pero sinceramente a nivel logístico tiene la misma calidad que su parqueadero.

¿Les importa el malestar mío o de varias decenas más en redes sociales? Por supuesto que no. ¿Les preocupan lo escándalos? Sinceramente, no lo sé, pero la cantidad de boletas falsas, la reventa y la casi nula operatividad de la policía del municipio debería activar varias alertas en una empresa seria.

Me voy de Tocancipá con pocas y casi nulas ganas de volver a ir a un evento de estos. ¿Para qué? El estrés y malos ratos, las discusiones innecesarias me las puedo ahorrar. Al final del día, lo mejor que pasó de este cubrimiento fue que pude almorzar en un restaurante en la sabana un plato de comida delicioso. ¿Del autódromo? Solo me quedo con la incompetencia de la organización.

 

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Juan David Lara
Periodista y Social Media Manager.

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